El título es sólo un acto reflejo, una respuesta de mi organismo a la profunda fatiga y cansancio. Todo ésto se debe al trabajo, nada más que éso. No he aprendido mayor cosa en mi madurez que el trabajo sin descanso, pero un trabajo con un objetivo sobrenatural, que no viene al caso explicar.
Las imágenes se suceden en mi memoria una y otra vez, sin pausa, aquietantes y llenas de vida al mismo tiempo. Veo a mi abuelo Luis volviendo de su trabajo, todos los días. En esa época ya tenía más de 70 años y seguía haciendo todo lo posible para ayudar a la familia. Trabajaba como tenedor de libros en una empresa de electrónica que tenía por nombre al dueño de la firma, Günter Wörbach. Recuerdo haber ido varias veces, lo recuerdo haciendo los libros contables con plumín y tinta china. Los números se escribían de derecha a izquierda, para no equivocarse en los casilleros.
Esos libros eran perfectos, prolijos, metódicos. Hablaban por sí mismos acerca de quién los escribía. Y yo miraba atentamente. Quizá de ahí mi manía -atenuada ahora- por el orden y las normas.
Recuerdo a mi madre y a su madre, también trabajar sin descanso, pero siempre había tiempo -tarde en la tarde- para escuchar el piano y su voz.
¿Porque no puedo reproducir esos espacios?
¿Porque ese gravoso silencio ha muerto en las ruinas de las calles?
La noche no es más que el presagio,
la nocturna forma del sol que nace de lo alto.
ernst
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