jueves, mayo 26, 2005

La palabra, siempre la palabra...

En la quieta orilla (1985)

Mirar los ojos me es costumbre,
a veces los cierro y bajo las tristezas
contemplo aquella urdimbre
que despierta mis perezas.

Agito también los vientos
me dejo llevar entre locos sueños
y despierto y miro aquellos tiempos,
con quieto empeño, vacío empeño.

Quien ve las iluminarias,
no imagina el fragor de la sangre
corriendo en tiernas venas,
más bien las luces
en un sigiloso teatro.

Suelo dormirme en quietudes
ante visibles presencias,
las imagino tenues
llorando mis ausencias.

Quiero el gravoso silencio,
las mieses de las tardes,
caer en el sitio del rocío
morir en las ruinas de las calles.

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